El argentino que se creía Messi: un pueblo huérfano, humillado y sin futuro



El argentino vive en un país que ya no es nación, sino un cadáver que camina por pura inercia, hinchado de ego y vacío de todo lo demás. Mientras discute tácticas y memes en los bares, el hambre real muerde con fuerza en los barrios, los jubilados revisan la basura y miles de jóvenes hacen cola en embajadas para escapar de una tierra que ya no les ofrece nada.

Este es un pueblo destruido por sí mismo. Décadas de corrupción, populismo demagógico, inflación criminal y mentira sistemática lo han reducido a esto: una nación rica en recursos convertida en mendigo regional. Y sin embargo, su ego sigue intacto, desproporcionado e insoportable. Porque durante mucho tiempo tuvo a Messi.

El argentino depositó todas sus esperanzas, su identidad y su autoestima en un solo hombre. No era hincha de la Selección: era hincha de Messi. Se creía Messi. Hablaba como si fuera él. Caminaba por el mundo con arrogancia de superior porque “tenía al mejor del planeta”, aunque su propio país se desmoronara a su alrededor. 

El fútbol no era un deporte para él, era la única anestesia que le quedaba, la única mentira que todavía podía creerse.Cuando llegó la Copa del Mundo en 2022, el argentino vivió una euforia casi religiosa. Lloró, salió a la calle y se abrazó. Por fin el héroe había cumplido... Pero fue solo el último suspiro de un moribundo. Con el retiro de Messi, se llevará consigo el último pilar que sostenía el ego colectivo. Y el derrumbe fue atroz.

Ahora el argentino que ayer se sentía Messi solo se siente parte del fracaso colectivo de una nación venida a menos. Un fracaso humillante y doloroso. Sin héroe, sin economía, sin identidad y sin futuro. Solo queda un pueblo huérfano, deprimido, rabioso y cada vez más solo.Porque el resto de Latinoamérica, esa que tanto despreció, le devolvió el desprecio multiplicado. 

Lo señalan como soberbio, como el que se cree europeo, como el que terminó pidiendo limosna. Lo odian. Y tienen razones. Ven en él lo que es: un pueblo que siempre se creyó especial y que terminó siendo un ejemplo patético de autodestrucción.Y para cerrar el círculo trágico, el argentino tiene como presidente a un payaso histriónico, un bufón desquiciado que se arrodilla ante Estados Unidos y exhibe su complejo sionista con un entusiasmo que avergüenza. 

El mismo pueblo que se sentía moralmente superior al mundo ahora ve a su máximo representante haciendo genuflexiones internacionales mientras adentro todo se desangra.Sin Messi, el argentino ya no tiene consuelo. No tiene relato épico que tape la miseria. No tiene gambeta mágica que disimule el hambre, la fuga de cerebros, la destrucción institucional ni la mediocridad generalizada. Solo le queda ser un pueblo cansado, cada vez más pobre, cada vez más solo y cada vez más consciente de su propia decadencia.El argentino ya no sufre por no haber ganado un Mundial.


Sufre porque ni ganándolo pudo salvarse de sí mismo.Y ese dolor es mucho más profundo y mucho más penoso que cualquier derrota en la cancha.


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