Arte de Gobernar según Trump: Una Lección de Roy Cohn
Donald J. Trump, el príncipe inmobiliario que conquistó la Casa Blanca por segunda vez, rige su mandato bajo un precepto que mi discípulo Roy Cohn le legó: atacar sin tregua, negar toda flaqueza, y proclamarse victorioso aunque las ruinas humeen. He aquí cómo este soberano de la modernidad aplica tal doctrina, aun cuando la fortuna le sea esquiva y el pueblo murmure. Observemos su juego.
I. El Ataque: La Guerra como Fundamento
Desde su ascenso el 20 de enero de 2025, Trump desenvainó la espada contra el orbe. Aranceles del 25% a México y Canadá, 49% a China, y amenazas a todo aquel que osara desafiar su "América Primero". Como un condottiero, no negocia; impone. Los mercados, frágiles como cristal veneciano, se quebraron: el Dow Jones cayó un 8% en días, según los anales de abril. México replicó con tributos, Canadá cortó sus bosques, y China deshizo sus lazos con el Tesoro. Mas Trump, fiel al primer mandamiento de Cohn, no cedió. "Somos los mejores, nadie negocia como yo", proclamó, y el eco de su voz ahogó las quejas de los mercaderes. El ataque es su corona; retroceder, su herejía.
II. La Negación: El Velo sobre la Debilidad
Todo príncipe sabe que la percepción es el trono. La popularidad de Trump, herida tras las elecciones intermedias de 2026 —donde sus huestes perdieron terreno en la Cámara—, se desplomó al 38%, según los escribas de Gallup. La economía, su talón de Aquiles, cruje: inflación al 6%, desempleo al 5.2%, y la bolsa, un campo de batalla sin vencedores. ¿Derrotas? Las niega. "Fraude", grita ante los reveses electorales; "mentiras", ante los números que lo condenan. Las protestas en Detroit, las fábricas cerradas, el pueblo hambreado: todo es obra de fantasmas —Biden, Obama, el pantano—. Negar es su escudo; admitir, su veneno. Así, el príncipe se yergue invicto en su mente, aunque la realidad lo contradiga.
III. La Victoria: El Triunfo sobre las Cenizas
El tercer edicto de Cohn es el más audaz: declarar la gloria cuando el desastre reina. El 1 de abril de 2025, con la bolsa en rojo y el dólar tambaleante, Trump habló en Mar-a-Lago: "Hemos ganado como nunca. La economía es la mejor, los indicadores son falsos". El PIB creció un mísero 1.1%, las quiebras subieron un 15%, y el déficit se alzó como una torre por sus dádivas fiscales. Pero él, que quebró casinos y sueños fuera del ladrillo, se ve como un Midas. "El pueblo me ama, me adora", afirmó, y osó más: "Un tercer mandato es posible, hay métodos". La ley lo prohíbe, mas su ambición no conoce cadenas. La victoria es su cetro, aunque el reino arda.
IV. El Príncipe y su Espejo
Trump, un bípedo de instinto, no de intelecto, gobierna como si el mundo fuera su tablero. Fuera de las torres de Nueva York, sus empresas —carne, vodka, academias— yacen en tumbas. En el poder, su imperio económico se resquebraja: gasolina a $5, estantes vacíos, Wall Street en plegarias. Sin embargo, se mira y ve a un César. "Soy el mejor, y el pueblo lo sabe", dice, mientras la plebe paga el precio de su audacia. Su fuerza no está en los hechos, sino en el relato: ataca para intimidar, niega para sobrevivir, y triunfa para reinar.
¿Es Trump un príncipe exitoso? No por la riqueza de su reino, sino por la tenacidad de su máscara. Roy Cohn le enseñó que el poder no se mide en oro, sino en temor y lealtad. Mientras sus fieles lo crean invencible, él lo será. Mas cuidado, oh príncipe: la fortuna es caprichosa, y el pueblo, cuando despierta, no perdona. Si ha de pensar en reelección, que forje su mito con más astucia que ruido. El silencio de las ruinas puede ser más letal que los aplausos.
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